domingo, 13 de marzo de 2016

Nunca - Nuevo relato para Cuento/arte

7 comentarios:
 
Lo prometido es deuda y antes de que acabara la semana tenía que traeros un relatillo, ¿no?
Además bruj@s y lob@s, esta entrada también me va a servir para daros las gracias por las casi 8000 visitas que estamos a punto de alcanzar.

¿Tenéis ganas de leer? Sé que no soy muy original con los títulos pero, me lo perdonáis ¿no?
Allá va....



Nunca



El aterrizaje ha comenzado y siento el nerviosismo agarrado al estómago. Creo que nunca voy a terminar de acostumbrarme a los aviones, aunque sonrío porque tras dieciocho meses sin estar junto a ella, sin oler su pelo, sin verla despertar por las mañanas y sin besar su piel, hoy volvemos a vernos.

Estoy muy, muy ansioso y el cosquilleo de mis dedos, que en otro momento me habría puesto histérico me resulta placentero porque anticipa un reencuentro largamente esperado. Las conversaciones por Skype tras tantos meses han empezado a resultar insuficientes y los “te quiero”, de tanto darse de sí de una punta del mundo a la otra, parecen a punto de quebrarse. Por lo que tras dos meses de horas extras y recortes en cafés y periódicos aquí estoy, a punto de pisar de nuevo mi tierra.



Cuando las ruedas del avión tocan el asfalto de la pista de aterrizaje me da un vuelco el corazón y recuerdo aquella conversación de hace unos cuatro meses; en la que no hubo sonrisas ni normalidad., cuando por primera vez desde que nos habíamos alejado, la noté fría y distante, aunque la excusé porque el tiempo que llevábamos separados a mi también había empezado hacerme mella. Pero ese comportamiento se fue haciendo habitual y mis dudas y temores también.

Salgo de mi ensimismamiento y veo que los asientos de mi alrededor están casi vacíos, así que me echo la mochila al hombro y salgo por la puerta deseoso de encontrarme con sus ojos,  aunque veinte minutos después sigue sin aparecer y comienzo a impacientarme. He visto como otras parejas se reencuentran entre abrazos y lágrimas, pero nosotros no, al menos no aún. Miro el reloj por si acaso el avión se ha adelantado, pero no es así y siento con dolor el peso de la mochila en mi hombro. Bajo la mirada al suelo y cuento las manchas de las baldosas, parece como si tuviera cemento en los pies. ¿Porque se retrasa? Ella nunca llega tarde a los sitios. Quizás...quizás se ha olvidado o no le importe que haya venido o tal vez no le apetecía que lo hiciera. Quizás haya otro en su vida... Desde hace semanas esa duda me atormenta, así que sacudo la cabeza bloqueando cualquier pensamiento nocivo y comienzo a andar por la terminal; haciendo tiempo por si ha pillado un atasco. Cuando me doy cuenta estoy frente a la puerta de salida y ella, tan guapa como siempre ¡No, más hermosa aún! Está a unos metros de mí. Nos miramos unos segundos; ella calmada y yo, con el corazón bombeando fuertemente dentro de mi pecho corro a su encuentro y la abrazo, sus manos tardan unos instantes en enredarse a mi cintura, pero cuando finalmente lo hacen me estrecha con fuerza contra ella y mi cuerpo se amolda al suyo a la perfección, como siempre. Suspiro satisfecho, huele a coco, como recordaba. Le alzo el mentón y le beso en los labios con suavidad una vez, dos y hasta una tercera.



Hola me dice cuando finalmente la dejo respirar.



Nos agarramos de la mano y nos dirigimos a casa.



Sube las escaleras por delante mío hasta llegar al piso. Esta más delgada, aunque lo disimula bien con la falda de vuelo y la blusa ancha. Me parece extraño que no lleve pendientes, pero no le digo nada porque el nuevo look con ese corte de pelo me distrae, me gusta.

Al llegar al descansillo la pego a mi costado y ella apoya la cabeza sobre mi hombro con una media sonrisa que no ilumina sus ojos.



Creo que has echado de menos mi mano en la cocina. Mañana voy a hacerte un pisto para chuparte los dedos ¿te apetece?



Ajá. Llevo sin comerlo desde que te fuiste.



Normal, siempre se te quema el pimiento y eso es un delito muy grave.



Vuelve a sonreír y oculta el rostro en mi cuello, siento su aliento y la aprieto contra mi con fuerza, pero se desenvuelve del abrazo demasiado pronto, saca las llaves del piso y abre la puerta.

Nos da la bienvenida el frío y el silencio, me estremezco.



─¿No has puesto la calefacción?



La veo frotarse los brazos y negar con la cabeza.



─He salido de casa muy rápido esta mañana y se me ha olvidado.



─¿Y la música también? ¡¡Ay, que locuela!! ─la achucho a mi lado y después voy a encender la caldera.



Cuando vuelvo está preparándose un café, me mira y aunque parece distraída no me pierde ojo.



─¿Qué te apetece hacer ahora? ─me pregunta y la observo cambiar el peso del cuerpo de un pie al otro. Eso solo hace cuando está preocupada y me gustaría saber que piensa, que pensamientos le rondan la cabeza. Pero no le digo nada de mis dudas.



─Ahora misma sólo me apetece estar contigo ─se estremece ligeramente y me encojo, espero que no haya cambiado, al menos sus sentimientos.





Preparamos una cena ligera y comemos casi en silencio; el sonido de los cubiertos empieza a darme dolor de cabeza, necesito escuchar algo, aunque sea a mi mismo, así que le cuento anécdotas de Australia, algunas repetidas, pero ella asiente y sonríe como si se las contara por primera vez. Vemos las noticias y me pongo al día con la situación del país, después, mientras pongo una película ella prepara palomitas en el microondas y la casa comienza a oler a cine. Me hundo en el sillón.

La veo frotarse los ojos y bostezar antes de que termine el filme.



─Estas cansada. Vamos a la cama.



─No, no, puedo esperar a que termine, a ti te está gustando



─La he visto tantas veces que me sé los diálogos.



Asiente y sonríe, mostrándome aquél gesto que me enamoró de ella, una sonrisa verdadera que hace palpitar fuertemente mi corazón. Quizás no todo está perdido.



Entramos al dormitorio y la abrazo por la espalda, le beso el cabello y el cuello. La ayudo a desnudarse como tantas otras veces y acaricio la piel de su espalda. Toco sus medias y las deslizo hacia el suelo con delicadeza; cierra los ojos disfrutando del roce de mis manos y labios. La tumbo sobre el colchón y me dejo llevar, arrastrándola conmigo.  



Un rato después seguimos despiertos, agarrados el uno al otro como si no hubiera mañana. Casi no me atrevo a respirar para no romper el encanto de ese momento, una burbuja que nos aisla del mundo exterior. Se acomoda pegando aún más nuestros cuerpos y suspira, relajando el cuerpo totalmente. Ahí, en la oscuridad, la siento como siempre, no como la extraña que me ha dado la bienvenida ¿o son los recuerdos de otras noches como aquella los que me nublan la mente? No, es ella la que me agarra y respira pegada a mi pecho, la Lucía que amo. Una duda atraviesa mi mente con la fuerza de un vendaval. Inseguridad y miedo que dejan patas arriba cualquier pensamiento que genere mi cabeza ¿piensa en mí o en otra persona? Su respiración se vuelve más profunda y con la esperanza de que todo sea producto de mi imaginación me obligo a dormir. No quiero que las dudas manchen aquél momento. Necesito aquello, la necesito a ella.





Preparo el desayuno y lo coloco sobre la mesa cuando aparece por la puerta de la cocina con el pelo despeinado y los ojos aún un poco hinchados por el sueño. Está guapísima.



─Ven, siéntate aquí conmigo. He preparado un desayuno VIP y no te puedes despegar de esta silla hasta que lo acabes ¿entendido?



─Muy bien caballero, a sus órdenes. Haré el esfuerzo de tragar al estilo de los pavos.



Se echa a reír y en un arrebato natural y espontáneo me besa en los labios. Un beso sencillo e inocente, sin pretensiones, pero que igualmente me entusiasma y excita. Sonrío como un tonto, hasta que ambos terminamos retorciéndonos de la risa en nuestra pequeña cocina. Justo en ese momento me siento nuevamente en casa.

  Enciende la radio antes de sentarse, corta un trozo de pan, le echa un chorrito de aceite y le unta tomate. Lo saborea cerrando los ojos, cuando acaba, ataca la torre de tortitas y se bebe un cappuccino caliente con cacao. Finalmente deja de masticar, se recuesta en la silla y cierra los ojos. Me siento satisfecho y la sonrisa de bobo sigue dibujada en mi cara.



―Parece que te ha gustado ¿no?



Entreabre los ojos de forma cómica y se palmea la barriga.



—Buff estoy que voy a reventar. Hacía tiempo que no desayunaba de esta forma. He echado mucho de menos tu talento en la cocina.



Me giro para quedar frente a ella y tiro de su silla para atraerla hacia mí. Cuando la tengo a escasos centímetros me inclino y dejo que mi nariz se deslice por su cuello. Se estremece y vuelve a reír.



―¿Es el único talento que has echado de menos?



—Por supuesto.



―¿Cómo que por supuesto? —y le pego un mordisco suave en el hombro. Ella, a cambio, vuelve a besarme y durante unos instantes enredamos nuestros alientos. Cuando paramos para coger aire, alejo mi cabeza de la suya pero mantengo los cuerpos pegados ― Pausa. Tengo una noticia.



Alza una ceja recelosa.



—¿Buena o mala?



―Buena, supongo… —cojo una tostada, la muerdo y mastico tomándome unos instantes. Cuando empieza a mover el pie con nerviosismo sé que tengo que empezar hablar― Me fui a Australia para mantener mi trabajo, lo sabes. No me gusta especialmente estar allí, te echo de menos y me está resultando muy duro estar a tantos kilómetros. Por eso mismo, antes de venir aquí hablé con mi jefe para pedir un traslado. Si era posible.



Hago una pausa para estudiar su reacción, pero no percibo nada y continúo.



—Han pasado casi dos años desde que me fui y las cosas en la empresa han mejorado notablemente así que creo que ha merecido la pena tirarme a la piscina con la propuesta ―levanto el móvil que tengo sobre la mesa— Cuando he salido a comprar he recibido una llamada suya y me ha dicho que hablaríamos cuando volviera Australia, pero que posiblemente a finales de año podría volver a España.



Sigue sin reaccionar y me sudan las manos.



—Tal vez no sea un traslado a esta ciudad pero… ―me desinflo como un globo y me seco las manos en los pantalones intentando recobrar la serenidad— Es una buena noticia ¿verdad?



Se aleja de mi y se frota la cara una, dos veces a la vez que niega.



―Esto no está bien, esto no está bien —susurra mientras da vueltas por la cocina. La música en la radio no para de sonar y tengo que controlar un impulso violento para no estampar el aparato contra el suelo.

 Desearía que la noche de ayer no hubiera terminado, pero lo ha hecho, el sol está fuera e ilumina la realidad con una luz difícil de ignorar. Sus ojos me hablan, me dicen que no quiere nada de eso y la respiración se me atasca en los pulmones. Todo ha pasado demasiado rápido.



―¿Quién es?



Para en seco su ir y venir, pero no me mira.



—¿Quién es? ―insisto. Finalmente sus mirada se clava en la mía y parece horrorizada por la pregunta que le he hecho —Hay otro tío ¿no?



―No —y comienza a sollozar, pero sé que me oculta algo ¿Por qué no me lo dice?― Han pasado muchas cosas desde que te fuiste y…



—¿Y qué?



Agacha la cabeza y sale de la cocina. No voy detrás de ella, no puedo moverme ¿cómo se ha podido estropear la mañana de esa forma si apenas la habíamos comenzado? Escucho cerrarse la puerta principal. Se ha ido.



Mi cabeza va a mil por hora y lo único que tengo claro es que no puedo quedarme aquí, en nuestra casa. Así que voy al dormitorio y comienzo a recoger lo poco que he traído de Australia. Intento no pensar, porque como lo haga sé que voy a arrepentirme y voy a volver a dejar los trastos en el armario mientras la espero. Pero no, tengo que salir de aquí. Ya.

Cierro la cremallera, me echo la mochila al hombro y me alejo del armario, de la cama, pero no llego a la puerta. Me detengo y maldiciéndome a mí mismo vuelvo sobre mis pasos y rozo su ropa con la yema de los dedos. Acaba de irse y ya noto el vacío, un dolor en el pecho que me paraliza. Intento tragarme las lágrimas pero las siento inundar mis ojos y deslizarse por las mejillas; la música, en la cocina, sigue sonando.

Una carpeta roja medio escondida entre las cajas de zapatos llama mi atención. Dudo si abrirla o no, pero al final me puede la curiosidad. Arrojo la mochila de cualquier manera, me siento en el borde de la cama y saco los papeles que hay dentro.

Un montón de informes médicos y recetas con su nombre me llenan la cabeza de preocupaciones, aunque saber que sigue amándome me alivia momentáneamente, no puedo negarlo.

Dos palabras se repiten una y otra vez en todos los papeles que me llenan de pavor:

Alzheimer precoz



―Voy a olvidarte —alzo la vista y la miro con un nudo en la garganta. No la he oído regresar.
El aspecto fresco que tenía apenas unos momentos atrás, ha desaparecido. Ahora parece que llevara el peso del mundo sobre sus hombros y quiero llorar. Pero alargo una mano hacia ella y la atraigo hacia mí, susurrando una y otra vez contra su pelo una única palabra: Nunca




Espero que os haya gustado lob@s y bruj@s y recordar que todos los cuentos tienen guardados los derechos de autor.


7 comentarios:

  1. Es muy triste, saber que vas a olvidar es muy triste
    un beso

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    1. Hola reina, muchas gracias por leerlo. Si, es una realidad muy triste pero nos puede pasar a cualquiera ¿no? Pero también es bonito tener cerca a alguien que nos ame y luche a nuestro lado.

      Besos

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    2. Por cierto, leí la carta que escribiste a tu bebé y he de decir que me gustó mucho.
      Yo también he comenzado a escribir una, pero no la he acabado aún

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  2. :_________ que estoy llorando maldita XDDDDDD
    He vivido el Alzheimer de cerca con uno de mis abuelos y es muy duro.
    Me ha gustado mucho ♥♥♥ Voy a compartirlo :D

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    1. Ah por cierto xD He tenido que ponerme el navegador al 125% de zoom porque sino no leía bien el texto xD está demasiado chiquitín.

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    2. Hola cariño, me alegra que te haya gustado y aún más porque lo has vivido de cerca y sabes mejor que nadie lo que conlleva.

      Lo de la letra ya esta resuelto ¡mira lo que me lo dijo mi hermana! pero se me olvidó.
      Gracias por leerme ;-)

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